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Diario de un perro anciano (a recordar el amor recibido)

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Diario de un perro anciano: En la vejez los pasos son lentos, se recuerdan miles de aventuras vividas y todo el amor recibido a lo largo de la vida.

Hasta hace 3 años atrás fui un perro fuerte, al que le encantaba salir a pasear con mi manada al parque ¡que emoción era tomar mi collar con mi boca para irme a la puerta y esperar a que todos estén listos para salir!

Además podía estar pendiente de mi mamá humana, a quien acompañaba en todas sus labores diarias. Por ella vencí el miedo a subir unas escaleras con aberturas por las que parecía que podía caer.

Cómo disfrutaba que lleguen los domingos, pues nos quedábamos en la cama junto a mis padres humanos y mis hermanos perrunos.

¡Nos fuimos de vacaciones! Y dormía con ellos en la habitación del hotel. No los dejaba ir ni a desayunar sin mí porque me ponía a aullar.

¡Qué bellos tiempos aquellos! Dicen las personas de la tercera edad y ahora les doy la razón.

DIARIO DE UN PERRO ANCIANO

Mi cuerpo a mis 19 años, ya no es el mismo de hace 3 años atrás. Mis patas traseras están débiles por lo que ahora mi mamá humana debe estar pendiente de mí a toda hora.

Por ventaja, ella trabaja desde casa y puede cuidarme. Nuestra rutina comienza a las 7 de la mañana en la que me despierto para hacer mis necesidades y para desayunar ¡Qué rico que es comer!

Luego del desayuno, camino alrededor de 40 minutos recorriendo cada rincón de mi hogar.

Y de ahí, mi mamá humana, que ahora se convirtió en mis piernas, ya que no puedo subir las gradas, me transporta en sus brazos a mi dormitorio (para que vean lo bueno que soy les presto un espacio de mi habitación a mis papás humanos).

A la hora del almuerzo generalmente me hacen despertar para que disfrute nuevamente de mi deliciosa comida que mi mamá humana prepara siguiendo las indicaciones que le dio la veterinaria.

Luego de mi recorrido, me lleva nuevamente a dormir, hasta la hora de la merienda para repetir la rutina. En la madrugada también me deben llevar al baño.

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Esta rutina la cumplimos hace unos 4 meses, lo cual es un gran alivio para mí porque antes de eso me enfermaba seguido por lo que mis padres humanos lloraban cada vez que teníamos que ir al veterinario pues les decían que ya “deben hacerse a la idea de que tengo que partir por mi edad”.

Me rehúso a darle la razón, tengo todavía muchas comidas que disfrutar, ver a mis hermanos hacer sus travesuras y sentir el amor de mis padres humanos.

Sé que para ellos a veces es complicado estar pendiente de mí, ya que deben trabajar o dormir en las noches, pero como sea sacan tiempo para cuidarme.

Incluso, desde antes de la pandemia, dejaron de viajar para cuidarme, y sé cuánto les encantaba.

Soy un perrito afortunado porque tengo una familia humana que se preocupa por mí. Hace casi 3 años cuando estuve grave, mi papá humano iba a visitarme todos los días en la clínica veterinaria, lo cual causaba sorpresa entre los humanos.

Mis abuelos cuando ya regresé a casa, vinieron a visitarme y al acariciarme sentí el gran amor que les inspiro.

Por eso, todavía sigo aquí con vida. Como les dijo mi veterinaria “es increíble lo que hace el amor”.

Y es verdad, sé que me adoran así que espero seguir celebrando más Navidades con ellos y que siga creciendo nuestro álbum de fotos con cada aventura que todavía nos queda por vivir (sea poco o mucho, pero lo tenemos que aprovechar).

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